Alfonso Campuzano Cardona
No se puede explicar y comprender con cierta coherencia un fenómeno de la realidad si se hace a un lado el contexto en el que se inscribe. Esto lo señalo porque la educación, las escuelas y sus procesos de enseñanza y aprendizaje no son ajenos a las dimensiones sociales, ideológicas, económicas y políticas. Se suele decir que la educación está en crisis porque los contenidos y los métodos de enseñanza son obsoletos frente a la modernización de las sociedades actuales. Se olvida que los sistemas interactúan con otros espacios de la realidad. En síntesis, descontextualizar los hechos conduce a versiones erróneas sobre lo que sucede con la educación. Las preguntas por qué y para qué educar parecen tener respuestas sencillas, pero esto no es tan cierto. Las respuestas dependen de condicionamientos filosóficos e ideológicos.
Detrás de la palabra por qué se esconde la causa de un suceso o acontecimiento. Los hombres inventaron la educación no por mera ocurrencia sino por una causa, una necesidad. Por un lado, cuando nace, el niño es un ser indefenso frente a la naturaleza. Por unos cuantos años es incapaz de valerse por sí mismo y depende de los adultos, en particular, de sus padres para sobrevivir. De tal manera que surge así un proceso de enseñanza-aprendizaje. El lenguaje y la memoria son dos instrumentos de los que se valen los adultos para enseñar a los niños todos los aspectos culturales y sociales pertinentes para su futura existencia. Según Fernando Savater: “Los demás seres vivos nacen ya siendo lo que definitivamente son, lo que irremediablemente van a ser pase lo que pase, mientras que los humanos lo más que parece prudente decir es que nacemos para la humanidad. Nuestra humanidad biológica necesita una confirmación posterior, algo así como un segundo nacimiento en el que por medio de nuestro propio esfuerzo y de la relación con otros humanos se confirme definitivamente el primero.”[1] Por otro lado, el individuo pertenece a una determinada sociedad que tiene reglas y pautas culturales de comportamiento. Necesita socializar y aprender a relacionarse con los demás. Puede que por sí sólo aprenda a través de sus experiencias, pero el proceso es más largo.[2] Para acotarlo tiene alrededor a los demás hombres que lo van a introducir en las reglas y pautas de la sociedad. En resumen, entre las muchas causas que tiene la educación se destacan dos: la indefensión y la necesidad de socializar e instruir para vivir en comunidad.
La pregunta para qué educar tiene más complejidad todavía, pues es la definición de una finalidad, es una cuestión de orden teleológico. La respuesta está en parte dada por las respuestas a la pregunta por qué. Se educa para rescatar al individuo de su indefensión, para insertarlo en la cultura (socializar) y para instruirlo (aprender destrezas y habilidades para ganarse la vida). Sin embargo, el por qué y, sobre todo, el para qué educar deben responderse en función de un espacio y una época determinada. A lo largo de la historia las causas y las finalidades varían de acuerdo a los intereses de los grupos dominantes. Por ejemplo, la época grecolatina educa para la virtud y deja en un lugar secundario la instrucción; la Edad Media subordina la educación a la visión de mundo religiosa; y la época moderna descarta la educación de la virtud para imponer los criterios de la instrucción.
En la época actual las causas y las finalidades, desde la perspectiva de los grupos dominantes, están encaminadas a consolidar el proyecto neoliberal y globalizador. Los intereses de orden económico tratan de imponer el libre mercado y la ideología de un pensamiento único[3] a la humanidad. Para ello se valen de todos los mecanismos e instrumentos a su alcance, uno de ellos es la educación. En síntesis, el enfoque neoliberal dice que hay que educar para formar mano de obra calificada para producir y consumir.
La educación moral y humanística queda descartada por muchas razones, pero menciono dos: no genera ganancias y puede suscitar la crítica y la protesta al sistema. Para el pensamiento globalizador el por qué (causa) y el para qué (finalidad) de la educación dependen de la promesa de la modernidad: la felicidad por medio de lo material.
El gran ofrecimiento es hacia el futuro, no hacia el presente, por tanto, educando con sus directrices se consigue el bienestar. Así, desde esta perspectiva, la educación está en crisis porque no está enfocada a las necesidades de los nuevos tiempos. No es moderna, es decir, no se ajusta al canon de la producción y el consumo. Por eso se exige su transformación. Cito Amparo Ruiz del Castillo: “La escuela, de acuerdo con la tendencia que predomina en el ámbito mundial, está sujeta a una serie de exigencias orientadas a la satisfacción de las necesidades productivas: ha de preparar mano de obra calificada capaz de renovar y activar los procesos productivos y desarrollarlos con altos niveles de eficacia y calidad.”[4]
Aquí es pertinente hacer referencia a los conceptos de determinación social y determinación curricular de Alicia de Alba. El primero establece que una estructura social determinada es una construcción histórica que se genera a través del conflicto ideológico y político. Dice: “Partimos de concebir a los procesos de determinación social como aquellos en los cuales a través de las luchas, negociaciones o imposiciones, en un momento de transformación o génesis, se producen rasgos o aspectos sociales que, de acuerdo a una determinada articulación, van a configurar una estructura social relativamente estable y que tiende a definir los límites y las posibilidades de los procesos sociales que en el marco de tal estructura se desarrollen.”[5] Depende de la correlación de fuerzas como se constituye una estructura en una sociedad o país. Si una idea de mundo es frágil en términos de poder, entonces no tiene la posibilidad de luchar o negociar frente a otra más fuerte; esta última se va a imponer.
La caída del muro de Berlín trae como consecuencia la desaparición del proyecto socialista de la modernidad. El capitalismo se impone y como ya no tiene oponente ideológico fuerte impulsa el neoliberalismo y la globalización. El poder económico y político impone una visión de mundo. Esto conlleva una consecuencia: la desaparición o el debilitamiento de los Estados-nación, de tal manera que las luchas, las negociaciones y las imposiciones no se producen en países (Estados) sino en todo el mundo. Las luchas interna de cada nación están inscritas en una lucha mundial. Hasta ahora, los grupos de poder (trasnacionales, BM, FMI) han impuesto la estructura social del mundo, pues la correlación de las fuerzas se los permite. No ha existido por tanto la negociación, pero sí la lucha. Según Alicia de Alba las estructuras son estables, pero sólo de manera relativa, pues en su devenir histórico (por la lucha política e ideológica) se pueden transformar. La estructura social imperante es la del neoliberalismo y la globalización.
Las ideas imperantes sobre lo que debe ser el hombre y el mundo se filtran en todos los ámbitos humanos (la cultura, la sociedad, el conocimiento y la educación). A través de la negociación o, en este caso, la imposición se determinan los aspectos centrales y la orientación básica de la educación y sus curricula. Las causas (por qué) y las finalidades (para qué) de la educación se instauran desde los grupos de poder que dominan el mundo. Por qué educar: porque se necesita mano de obra barata y productiva; para qué educar: para la producción y el consumo. La idea es formar al hombre máquina, incapaz de cuestionar y transformar la realidad. Frente a ese mundo unidimensional es necesario configurar una estructura social distinta, más humana y justa.
A diferencia de las teorías pesimistas[6] de la reproducción social (Althusser), la teoría de la correspondencia (Bowles, Gintis) y la reproducción cultural (Bourdieu) que establecen, con diferentes enfoques y perspectivas, que las escuelas reproducen la cultura (valores, creencias, hábitos) y la estructura social económica imperante, existen las propuestas más optimistas de la teoría educativa crítica, que propugnan por una teoría educativa y curricular que rompa con la lógica de la reproducción.
Desde estos enfoques el por qué y el para qué educar se modifican. Hay que educar porque justamente el hombre no es una máquina que produce y consume; y hay que educar para la libertad y la solidaridad: “La lucha a favor de un nuevo tipo de racionalidad curricular no puede enfocarse como una tarea puramente técnica. Ha de contemplarse como una lucha social profundamente comprometida con lo que Herbert Marcuse ha denominado atinadamente «la emancipación de la sensibilidad, de la razón y la imaginación en todas las esferas de la subjetividad y la objetividad.»”[7] Para Giroux existe la posibilidad de construir una educación para la emancipación. Considera que el modelo tradicional de currículum y, por tanto, de enseñanza y aprendizaje está acabado desde el punto de vista ético y político. En síntesis, es pertinente rescatar a la educación de los enfoques unidimensionales y recuperar su carácter integral: formar individuos habilitados para el trabajo y la profesión, pero también sensibles a la cultura y al arte y, sobre todo, capaces de transformar la realidad.
[3] Dice Ignacio Ramonet: “¿Qué es el pensamiento único? La traducción en términos ideológicos con pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional.” En Pensamiento único vs. Pensamiento crítico, p. 15
[7] Giroux, Henry. Los profesores como intelectuales. Hacia una pedagogía crítica del aprendizaje, p. 61